Jardín Botánico de Bogotá
Tercer capítulo: el viaje
Texto curatorial
Siempre hemos querido volar. Ese deseo irrefrenable nos ha llevado a construir aviones, parapentes y globos, y, obviamente, cápsulas espaciales y trapecios. Pero el objeto verdadero de la transmigración ha permanecido inasible.
En las artes visuales es inevitable pensar en esa posibilidad y, por supuesto, el aire es nuestra gasolina vital. Cada respiración es un pequeño viaje al cosmos que nos transporta, a través del oxígeno, el nitrógeno y el argón, hacia la levedad. La aerofilia es inevitable: es nuestra comunión fisicoquímica eterna.
Los colosos prehistóricos se volvieron pajaritos, y las plumas le dieron al hombre un fetiche. Así que la búsqueda de esa expansión, junto a brujos, chamanes y ángeles, nos ha llevado a la representación y a la alegoría, pero, sobre todo, al deseo.
Podemos dedicar un espacio a los querubines, arcángeles y ángeles propiamente dichos, y, cómo no, a los brujos, levitadores y oficiantes. Podemos también analizar la pluma como transformación real del viento y los colores.
Son tantas las especies de pájaros y tantos los juegos de la biología que solo en lo ornitológico podríamos vivir la vida entera.
Y, por último, el viaje astral, los estimulantes que nos desconectan y nos llevan a mundos incomparables, la ayahuasca, los ácidos y la posibilidad de salir del cuerpo y quedarnos atados por el cordón de plata.
Todas estas posibilidades permiten que escojamos qué hacer: ¿graficar?, ¿representar?, ¿performear? O, simplemente, volar.
ASMEGA
Para Aerofilia. Pre-texto. Primeras páginas.
Artistas
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